SIGNO Y VIENTO DE LA HORA: Los hijos tachados
Los hijos tachados
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Para los que no somos técnicos en Economía será siempre un
poco inexplicable ese afán que todos los Estados parecen tener por proteger las
grandes proles numerosas. La simultaneidad de esa protección con las continuas
lamentaciones por la abundancia de «parados» o la escasez de materias parece un
poco incongruente. A primera vista tiene uno la impresión de que el Estado
subvenciona la fabricación de competidores para nuestros ya racionados
bastimentos. Cuando las autoridades vuelcan su generosidad o su júbilo, ante un
feliz parto triple, el hombre vulgar siente la misma extrañeza que si se
recibiera con música y fuegos artificiales a la cuadrilla que viene a asaltar
nuestro ya esquilmado huertecillo… Pero, puesto que el mundo entero parece
interesado en aumentar la población, su razón debe de tener.
Desde luego, la perplejidad y la duda no se producen más que en el terreno económico. En el moral, y aun en el estético, el asunto es claro. La prole numerosa es un bello lujo. Caro, como todo lujo: como los «Rolls» o como los perfumes franceses, pero lleno de encantos. Por una extraña matemática psicológica, la preocupación disminuye en la medida en que la prole aumenta. Los padres del hijo único suelen tener, por concentración, una inquietud asustadiza, que no sufren los de prole numerosa, al diluirla en la mayor cantidad. (En el fondo, esta mayor tranquilidad se basa en la cruel contrarriña de que si uno se desgracia, quedan siete u ocho; pero sobre estos fondos crueles y primarios están cimentados todos los instintos.) Además, la prole numerosa tiene enormes virtudes pedagógicas. Los grandes educadores no son los padres: son los hermanos. La pedagogía no ha estudiado todavía bien esta eficacísima educación lateral. Ante el desafuero, el abuso de derecho o la falta de respeto a lo ajeno, la reprimenda o el castigo paterno es infinitamente menos realista que la acción directa y mancomunada de los hermanitos. El gobierno de los padres es siempre un tanto parlamentario y suasorio. Son los hermanos los que actúan de un modo totalitario y sindicalista.
La prole numerosa tiene enormes virtudes pedagógicas. Los grandes educadores no son los padres: son los hermanos. La pedagogía no ha estudiado todavía bien esta eficacísima educación lateral.
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Sin duda, son estas las razones que mueven al Estado a
subvencionar las humanas cosechas. Yo no me propongo aquí discutir la cuantía
de la subvención. El esfuerzo es generoso, y desde luego no creo yo que el
Estado suponga, de buena fe, que costea totalmente el presupuesto de
fabricación y conservación de un hijo. Su protección es más que nada moral y
simbólica. Al fin y al cabo, ya le dio hecha al Estado esa posición optimista
el mismo lenguaje vulgar, cuando pondera que «todo hijo, al nacer, trae una
boba de pan debajo del brazo». Es evidente que, al cabo de unos cuantos años,
cualquier niño se ha comido tal cantidad de bobas, que el déficit frente a
aquella primera y poética boba milagrosa de su natividad es abrumador. El
Estado no ha intentado, ni podía hacer otra cosa, sino convertir en realidad
tangible la boba folklórica y popular del viejo modismo. Pero el Estado sabe de
sobra que si el niño, al nacer, trae, de un lado esa pretendida boba, de otro
trae unas ganas voraces de comer solomillo, de casarse, de ser ingeniero
agrónomo y de ir al «cine». No hay Estado en el mundo que pueda hacerse cargo
más que de la boba. Lo demás queda a la santa y eterna batalla de la vida.
Todo esto es natural. Donde ya me parece que los Estados
pecan de más optimistas es en la idea de la madurez y emancipación de un hijo.
Las protecciones a la prole suelen cesar en todas las legislaciones para el que
se casa, el que se va de fraile, el que cumple veintiún años. Todos estos son
para los legisladores, frutas desprendidas ya del árbol familiar. Para mí, esto
es un poco prematuro. Los legisladores siegan en verde la espiga y cortan en
agraz el racimo: se guían un poco por cifras y categorías abstractas, que
resultan bastante fallidas si se confrontan con el calor anecdótico de la vida.
Por aquí, por Andalucía, se tiene a la mano un laboratorio
bastante seguro para la experimentación: pues es tierra de proles abundantes;
de anchos latifundios domésticos. El sol, el cielo claro, la galbana, todo esto
es buen clima para cepas, olivos y niños. El «Séneca» tiene sobre ello un
aforismo de maligna sabiduría: «Todos los pueblos que duermen siesta son
prolíferos.» Pues bien, en este humano laboratorio bético, cuando los hijos
dejan de ser los solemnes José y María de la Salud que se escriben en el
registro y la cartilla, y son el Pepito y la «Zalú» que se sientan a la mesa,
se advierten los mil complicados matices de todo este problema…
La hija, por ejemplo, se va monja. Se la da su dote y se la
despacha. Para la ley ya está todo: un nombre borrado de la subvención
familiar. Pero lo que la ley no puede
captar es el invisible hilo sutil que queda tendida entre la casa paterna y el
convento filial. Nada sabe la ley de esta letrita menuda y picuda de las
monjitas, letra grafológicamente dulce y gangosa: caligrafía construida para la
petición ingenua. El padre ha comprado mermelada inglesa para la Navidad. No
quiere que la hija monja esté ausente de la dulce fruición. La envía un tarro
al convento. Y en seguida el susurro postal: «La Regla prohíbe hacer
excepciones. No puedo tomar nada que no tomen las demás novicias.» No es una
petición: son pequeños aforismos. Y luego una estadística objetiva. «Las
novicias somos cincuenta y tres…» Y allá van cincuenta y tres tarros de
mermelada para el convento, donde está la hija teóricamente emancipada y barata
de la legislación: No hay cartilla familiar donde tengan cabida esos cincuenta
y tres tarros de mermelada. Y es que los tallos de los frutos familiares son
conmovedoramente finos, delgados, largos e irrompibles.
Luego la hija que se casa. Una hija que se casa es «una baja»
para la ley. Para la vida es «un alta» de tres, cuatro, cinco personas. Vendrá
a la casa a tener los hijos. Volverá en vacaciones, con los mellizos, el ama y
la niñera. Se meterá una cama en la salita y un «catre» en el antecomedor. Esto
es lo que el Estado considera una emancipación. Y la verdad es que el único que
se ha emancipado es el Estado mismo: incapaz de captar, por ejemplo, en su
algebraico concepto de la familia numerosa, ese inquieto y movedizo concepto
del nieto: devorador de pasteles extralegales y destructor de cristales y cojinetes
excluidos de toda sociológica protección. Y luego, el hijo que cumple veintiún
años. Para la Administración ya está todo acabado. De una plumada los Estados
consideran a los veintiún años resueltos todos los problemas de la instalación
vital: independencia, negocios, matrimonio. Pero en la sutil y caliente verdad
de la vida es entonces cuando el padre empieza a pensar en la necesidad de
retener al hijo en casa para que estudie y no se extravíe. Es entonces cuando
planea estratégicamente con la madre, el incorporar a la casa pequeñas
atracciones para aprisionarlo: «Daremos una fiestecita; le traeremos a sus
amigos; le convidaremos unas muchachas.» No hay nada más delicado y exigente de
desvelada atención que esos veintitrés y veinticuatro años del varón, al que la
ley supone optimistamente ya al frente de su fábrica, de su notaría o de su
tienda. La ley es una eterna despistada que si tuviera ojos se estaría llenando
continuas sorpresas. «¿Pero usted todavía por aquí?»
No hay nada más delicado y exigente de desvelada atención que esos veintitrés y veinticuatro años del varón, al que la ley supone optimistamente ya al frente de su fábrica, de su notaría o de su tienda. (imagen 4)
Y así, cuando el padre de familia ha incorporado a su
desvelo cincuenta y tres novicias, tres yernos, diez nietos y quince
tertulianos del hijo varón, es cuando tachón a tachón, la autoridad le ha ido
borrando sus hijos y le ha dicho que ya no es padre de familia numerosa. «¿Qué será ahora? —piensa el desventurado—,
¿capitán de un ejército?, ¿prior de un convento?, ¿jefe de una empresa?»
Pero mientras medita todo eso sobre la mesa desarreglada por
la invasión de los nietos, atronada por la «radio», a cuyo son bailan en el
gabinete los amigos de sus hijos, el empleado del subsidio le desliza el oficio
donde se le comunica su soledad oficial de padre abandonado. El padre alega tenuemente,
hace estos recuentos realistas y pinta estos «cuadritos de costumbres»… Pero el
oficial mantiene su postura abstracta:
—Nada de eso cabe ya en la legislación.
Y el padre susurra, sin rebeldía:
—Ni en mi casa tampoco…
Signo y Viento de la Hora (1970)
Salvat Editores
imagen 1: tomada de bolsamania.com




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