SIGNO Y VIENTO DE LA HORA: La hora de los supervivientes

 


La hora de los supervivientes
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La primavera andaluza ha florecido este año, tanto como de claveles, de viejos americanos y europeos. Hay como una universal sublevación de sexagenarios que han invadido todos los lugares y privilegios de la juventud. Parejas en pleno crepúsculo realizan sobre los lugares más turísticos del planeta una nueva manera de viajes blancos, a los que habrá que buscarles un nombre: porque «viajes de novios» no deben de ser, aunque por fuera los imitan con bastante exactitud. Ellos se visten con clara desenvoltura deportiva; ellas se amarran sobre el pelo de plata pañuelos de seda con caballos, naipes o aeroplanos estampados sobre rabiosos fondos amarillos. Bailan, beben bebidas frías. Ocupan esas alcobas poéticas que los hoteleros, con insinuantes denominaciones —«la del jardín», «la de la terraza»—, reservaban a los recién casados. Y, sobre todo, se sacan fotografías, innumerables fotografías. Yo supongo que es para enviarlas a los hijos, yernos y nueras que allá en Missouri o en Lyon trabajan afanosamente, y les contestan sensatas y filiales advertencias: «Divertíos mucho, queridos padres, pero no hagáis locuras»… Porque en mil novecientos cincuenta siempre es temible la locura de los sexagenarios. Temible y disculpable: ¡están en la edad!


Parejas en pleno crepúsculo realizan sobre los lugares más turísticos del planeta
una nueva manera de viajes blancos (imagen 2)

Y es que esa «edad», sonriente y evasiva, apoyada por todas las complacencias y disculpas del prójimo, se ha corrido de golpe, en la escala de las cifras. Si uno ve la pareja que por las cuestecitas umbrías de  la Alhambra  camina suavemente, enlazados por la cintura, sin pensar en desasirse al cruzarse con otros transeúntes, uno piensa con sonriente amplitud: «¡Es natural…, tienen sesenta y cinco años!» Y uno se hace el distraído para no turbar ese derecho tan trabajosamente conquistado. Porque uno no tiene más que cincuenta años. Ya tomará uno sus vacaciones y hará sus monadas y desenvolturas cuando tenga edad. A los veinte, a los treinta, a los cuarenta hay que trabajar, hay que prepararse, hay que ir a la guerra, a la oficina, a la fábrica. Las edades se han empujado decisivamente. Prepararse para ser ingeniero ocupa los diez, doce o quince años floridos de la vida en que más agradable y productivo sería ser ingeniero ya. En aprender matemáticas para hacer un puente ha de gastarse uno todas las energías jóvenes que serían precisas para hacerlo. Y lo mismo en todo lo demás. La empresa, el negocio, no cuajan hasta edades muy avanzadas. El éxito es casi contemporáneo de la arteriosclerosis. En esta carrera desbocada de afanes y competencias, el amor, el matrimonio y el hijo se tienen que hacer mucho más deprisa que antes, y hay que aligerarlos de liturgias y fruiciones. Hay mecanógrafa que está copiando en un ministerio el plan de reforma ferroviaria y se va a casar a las cinco de la tarde. Hay parejas que, engullendo de pie una ensaladilla ante un mostrador, festejan su boda matutina. Hay muchos viajes de novios de sábado a lunes. Desde que los besos son más largos, son más cortas todas estas gracias del amor juvenil… Y son estos muchachos atareados los que reciben las postales de los padres, y aun de los abuelos, desde Granada, Sevilla, Ifach, el Monasterio de Piedra; desde todos los usurpados rincones románticos por donde ellos pasean su alegre jubilación.

Si uno ve la pareja que camina suavemente, enlazados por la cintura, sin pensar en desasirse al cruzarse con otros transeúntes, uno piensa con sonriente amplitud: «¡Es natural…, tienen sesenta y cinco años!» Y uno se hace el distraído para no turbar ese derecho tan trabajosamente conquistado. (imagen3)

Realmente la Naturaleza ayuda a esa nueva organización social, que de ese modo recula las fechas de la vida. Las nuevas parejas turísticas son derechas, diligentes. Compran flores, suben cuestas… Alguna vez, en la mesa contigua del hotel, les he oído hablar con tan pudorosa expectación, que dudé si esperaban un hijo. Luego acabé por aclarar que lo que esperaban era un paquete: unas compras de mantillas y telas claras que ella había hecho. Pero la emoción y el nerviosismo eran idénticos. Y es que un paquete de compras puede llegar a sobreexcitar una emoción infinita y romántica, cuando se ha pasado uno la vida trabajando para podérselo comprar en una tiendecita pintoresca y lejana.

Yo llego ya a dudar si, en definitiva, todo eso desembocará en una mejor organización de la vida. Antes se le daban todas las fruiciones, derechos y amparos a la juventud y al amor. Quizá sea más razonable pensar que el amor y la juventud ya tienen bastante con ellos mismos, y dejar, en cambio, todas las otras golosinas de la vida —el viaje, la Alhambra, el romanticismo, las flores— para engañar el hambre de la senectud. En lugar de concentrarlo todo y gastarlo de golpe en el «viaje de bodas», este mundo práctico y cinematográfico ha decidido que los jóvenes se contenten con la «boda», que ya es bastante, y que le dejen, en cambio, «el viaje» a los padres.

Tomar dulcemente una mano tersa de veinte años, es tal privilegio que puede compartirse, como un estímulo, con la fábrica y la oficina. Acariciar, en cambio, una mano amistosa, arrugada de años, es operación más problemática, que bien merece ser ayudada por los bosques de Granada, el Mediterráneo o el Parque de María Luisa. Es a los alimentos insípidos a los que hay que echarles sal.

Todo ayuda a esta nueva organización del amor y la vida. Batidas en sus trincheras gran parte de sus enfermedades antiguas, sitiadas ya en sus últimos reductos la tuberculosis o el cáncer, al hombre le van quedando pocas maneras de morirse. Entonces se ha hecho asiduo cliente de las enfermedades degenerativas —tensión, dureza de venas, corazón— que más que enfermedades son salud gastada a prisa. El americano o el europeo moderno se mueren de los negocios o de la velocidad. Muchas alzas de tensión arterial no son más que bajas de valores de Bolsa. Muchas taquicardias lo que hacen es seguir el ritmo de cien telegramas definitivos que hubo que poner para salvar la fortuna. Por eso el hombre moderno de la City empieza a resolver, a los sesenta años, todo el dilema de su vida: o la congestión…, o el viaje a El Cairo y a Sevilla. Todos los lugares plácidos del planeta están llenos hoy de supervivientes de la hemiplejía laboral; de convalecientes de la codicia mercantil. Amaron en sus días de lucha, sin romanticismo. Y ahora hacen romanticismo sin amor… Sólo cuando se ha vencido la hipertensión y el apasionamiento se llega al Andalucía Palace.

Claro que estas promociones de parejas crepusculares ante los honestos ojos hispánicos, dan una gran sensación de fidelidad conyugal. Según nuestras tablas de valores tradicionales, parecen matrimonios madurados en la serenidad. En realidad, casi nunca la honesta dama de pelo de plata y el traje claro es la rubita de la oficina, la ensaladilla y el ajetreo. Lo que pasea por el mundo es el resultado de una selección que a los sesenta años ha dicho, como el juego de las «siete y media»: «me planto». Lo ha dicho para el negocio y para el amor. ¡Basta de órdenes de embarques y de esposas! Eso se queda para los jóvenes… Y así, en plenas y totales vacaciones del amor y del trabajo, se echan a conocer el mundo los que por haberse «plantado» ha tiempo han ganado en estas «siete y media» de la vida, donde cada vez es más fácil pasarse o no llegar.


Y así, en plenas y totales vacaciones del amor y del trabajo, se echan a conocer el mundo los que por haberse «plantado» ha tiempo han ganado en este juego de las «siete y media» de la vida.
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JOSÉ MARÍA PEMÁN
Signo y Viento de la Hora (1970)
Salvat Editores

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