SIGNO Y VIENTO DE LA HORA: Institutrices

 
Institutrices

Como los permisos de importación no son ahora tan fáciles, también se ha restringido bastante la importación de institutrices. Pero hasta hace unos años era bastante familiar, en cualquier banco soleado del Retiro, esta estampa llena de sugestiones. En el banco, en fila, una miss, un fräulen, un mademoisselle: Europa. Delante de ellas, una barrera de lecturas nostálgicas o de labores abnegadas: la miss leía David Copperfield; la fräulen hacía camisetas para los niños, siempre flacos, de Austria; la mademoisselle repasaba una revista de excelente papel, con trajes y saloncitos que nunca poseería. Aquella barrera de sueños y evasiones eran los Pirineos… Y luego, dos o tres niños, a sus pies, diableando, riéndose de ellas o manchándose de tierra los vestiditos nuevos. Porque también allí África empezaba en los Pirineos.

La estampa, reeditada en todos los paseos públicos hispánicos, estaba cargada de incitaciones para ese problema, nunca del todo apaciguado y resuelto, que hace vivir a España desviviéndose entre su resolución de sentirse «europea» y su ufanía de no doblegar sus indómitas peculiaridades. El problema dura desde los monjes de Cluny y los intelectuales de Carlos III y del 98, que todos querían «europeizarnos», y los desplantes y majezas con que periódicamente otros, a lo Unamuno, querrían «españolizar» a Europa. Nos hemos pasado la vida trayendo institutrices, pagándoles caro… y sacándoles la lengua por la espalda.

Porque, efectivamente,  la breve estampa soleada del banco, las institutrices y los niños, basta por sí sola, mejor que muchas disertaciones teóricas, para encajar la vieja perplejidad en conclusiones moderadas y eclécticas. La aceptación de Europa en nuestra vida y en nuestro criterio, en calidad de «institutriz», es algo que hay que admitir con humilde llaneza. Algo notamos que nos falta y que encomendamos tradicionalmente al extranjero: a frailes del Cluny, un día; otro, a solteronas europeas. Esta realidad hay que admitirla. No creo que sería fácil encontrar una coruñesa o una zaragozana educando niños en un paseo de Bruselas o de Estocolmo.

¿Hay que sacar de aquí una conclusión de desastre para nosotros: algo así como la confesión vergonzante de una prolongada minoridad? No hay que ir tan lejos. En realidad, hay que pensar bien qué es lo que le pedimos y le contratamos a esas dulces plenipotenciarias de la Europa célibe y comedida. Nada sustancial. Les pedimos idiomas, no pensamientos; modales, no afectos; formas, no sustancias. No les exigimos que construyan nada, sino que barnicen y den estuco. Ellas mismas no son más que eso: una expendeduría de formas correctas sobre un fondo de celada intimidad. Ellas viven al lado nuestro sin darnos más que una zona exterior de su persona, en un horario fijo. Ellas no se dan más que en la porción que corresponde a los setenta u ochenta duros del mes. Luego, queda «su cuarto»; esa institución poética y conmovedora —«el cuarto de la miss»— donde ellas leen, lloran, fuman, se hacen unos tés misteriosos y juntan sus ahorros para volver, a última hora, a esos dulces países tan nublados, que no se merecen que se les viva más que en el Poniente.



Les pedimos idiomas, no pensamientos; modales, no afectos; formas, no sustancias. No les exigimos que construyan nada, sino que barnicen y den estuco.

Por eso lo que nosotros les contratamos es algo que sentimos como práctico y necesario, y a lo que nos resignamos sin entregarle nuestra admiración. La prueba es el matiz reticente con que en nuestro lenguaje solemos envolver toda designación de extranjería. Convidar «a la inglesa», o sea pagando cada uno lo suyo, es cosa que admitimos como útil algunas veces, pero en la que sentimos, con malestar, una resta de nuestro rumbo hidalgo. Lo mismo despedirse «a la francesa», que es, en definitiva, no despedirse. Lo mismo trotar «a la inglesa», que es trotar mal, botando en la silla, sin esa aplomada y difícil inmovilidad del trote español. Lo mismo «hacerse el sueco», que es no contestar. Ya se comprenderá que cuando luego, contratamos para nuestra educación a suecas, francesas e inglesas, lo hacemos con una reserva previa, y seguros, desde el primer momento, de acabar desobedeciéndolas y manchándonos de tierra, por su espalda, el vestidito nuevo.

Porque vivimos con la vaga persuasión ufana de que todo el repertorio de «formas» que a ellas les arrendamos solo las admitimos sobre una  vitalidad peculiar y fuerte, a la que no queremos renunciar. Si nosotros no vamos de «institutrices» a los bancos sin sol de Holanda o de Prusia, es porque nuestra mercancía es mucho más inaprensible y difícil de trasladar. Es mucho más hacedero enseñar a saludar que enseñar a querer. Mucho más fácil enseñar a comer con los codos junto al cuerpo que enseñar a comer de ningún modo si las cosas vienen mal dadas. Como enseñar el tennis o el hockey es más fácil que enseñar a torear. Y enseñar a vivir con formas es más asequible que enseñar a morir con sentido. Tenemos una asignatura tremenda y sin perfiles, que no es fácil exportar al mundo. Yo me figuro a una imaginaria institutriz de Palencia o de Calatayud educando niños británicos bajo el sol azafranado de Londres. Acabaría dando mítines desde un banco de Hyde Park, queriendo educar también a los padres de los chicos, enseñándole la jota al jardinero e insultando por la calle al deán de Canterbury. No, no somos exportables; no debemos ufanarnos tanto, ni tampoco humillarnos, ante el banco de la miss, la fräulen y la mademoisselle. Esa es toda la resolución equilibrada del eterno problema español. No hay que sacarle la lengua nunca a las institutrices. Hay que recortar nuestra exuberancia dentro de sus lecciones y modales… Pero hay que estar dispuesto siempre, si el caso llega, a hacer, por su espaldas, cualquier diablura sublime de esas que ellas no comprenden. La fórmula es esa: seguir por nuestro camino. Pero, al andar, no rozar un pie con otro, ni echarnos hacia adelante para que no se disgusten miss Gordon o mademoisselle Bouchez. Reconocer que para algo las hemos importado, de un modo o de otro, en todas las épocas. Nosotros tenemos nuestra grande y última razón metafísica. Pero ellas, las dulces y comedidas solteronas de Europa, tienen sus ochenta duros de razón mensual.

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No hay que sacarle la lengua nunca a las institutrices. Hay que recortar nuestra exuberancia dentro de sus lecciones y modales…

JOSÉ MARÍA PEMÁN
Signo y Viento de la Hora (1970)
Salvat Editores

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