SIGNO Y VIENTO DE LA HORA: doña Todavía

Se llamaba doña Regla; pero en el pueblo la llamaban «doña Todavía», porque ese adverbio tenaz no se le caía de los labios. Era realmente su definición, porque era un pedazo de final de siglo diecinueve que, por error, se conservaba «todavía» en el veinte. El crudo contraste del espíritu e ideologías de las dos épocas se ha hecho mil veces con palabras abstractas y doctorales: individualismo y socialismo; libre cambio y autarquía, etc. Pero todo eso que repetimos maquinalmente, en ella se hacía bulto y color. Porque doña Todavía no tenía ideas; tenía costumbres, manías y, sobre todo, «cosas»: berlina con tronco de caballos, té inglés, criada antigua, censos enfitéuticos, jabón «Pears», una pieza de terciopelo de Lyon, una pluma de avestruz para sombrero… Todo esto, mucho más que cien volúmenes impresos, revelaba la impresionante contigüidad de dos mundos dispares.

Ante todo, doña Todavía era, sin saberlo, ferozmente librecambista. Para ella el mundo era un conjunto de naciones que cada una se dedicaba a hacer media docena de cosas perfectas a las que quedaba adherido, como un apellido, el nombre de procedencia. Decir «maletas» y no decir «inglesas»; mantequilla y no decir «holandesa»; esencia y no decir «francesa», era como decir Juan o Pedro sin apellido. Era nombrar un hospiciano, un inclusero, tolerado por la caridad, pero no admitido al trato. Cuando se hablaba de alguna de estas cosas u otras muchas, doña Regla decía: «Quizá tenga yo todavía algunos por ahí.» «Por ahí» designaba vagamente los cajones inmensos de unas cómodas isabelinas, que sólo ella conocía y administraba. De ellas surgía «todavía» la gasa, el lápiz «Fáber», la tintura de yodo, la manteleta de lana de los Pirineos: el residuo resistente y perfecto del siglo pasado, vergüenza súbita de nuestros atropellos e improvisaciones. Doña Todavía se acabó antes que todas sus cosas. Pero si alguna  se le agotó antes, nunca la repuso por sus inmortales e inconsistentes nietas actuales. Las cosas «americanas», desde luego, las desconocía, como desconocía el pecado contra el sexto mandamiento. Para ella, el mundo eran seis naciones europeas. Lo demás lo habían inventado los catedráticos para complicar el bachillerato.

Claro que para que esas cosas subsistieran era preciso, ante todo, que pasaran libre y dignamente todas las fronteras. Doña Todavía no entendió nunca cómo esto pudiera evitarlo un señor tras el mostrador de una aduana. Sentía la unidad de la Cristiandad como un noble carolingio. Cuando alguna vez —de vuelta del extranjero— le cobraron grandes sumas de derechos arancelarios sobre los mil objetos insignes que transportaba con delicioso impudor, creyó, por mucho tiempo, que pagaba parte del precio que le habían dejado de cobrar las tiendas de París, por error, cuya rectificación habían encargado telegráficamente a la frontera. Cuando aclaró la realidad, practicó, en adelante, el contrabando como un deber de conciencia, algo así como cuando los cristianos primeros, defendiendo su fe, comulgaban clandestinamente.

Por todo esto, su médico, que sabía cosas extrañas, le dijo un día que parecía nieta de Adam Smith, cosa que le molestó bastante porque no le gustaba que la mezclaran con actores de «cine». Por lo demás, estaba persuadida de que toda aquella organización fiscal que impedía la unidad cristiana era obra de los masones y de los judíos. La lectura ordenada de la buena Prensa la habían suministrado esas referencias vagas, que la servían maravillosamente para cargar la responsabilidad de cuanto turbaba su mundo antiguo. Luego, por no sé qué confusa asociación de ideas de hermetismo y equipo, a los judíos y masones añadió los esperantistas y los astrónomos.

Todas esas ideas, o más bien reacciones físicas, se las mantenía encendidas un viaje anual que hacía a París. Lo hizo desde que murió su hermano único, también soltero, con quien vivía. Ella pronunció entonces, con esa poesía natural que tiene el habla andaluza cuando no la impurifica el arte andaluz, su frase inmortal: «Mi pena no tiene color.» Desde entonces para aliviar su pena incolora, iba todos los días al jubileo y a París una vez al año. En París se compraba esas cosas resistentes que definían su vida y algunas de las cuales conservó sobre su vestido modestísimo toda la vida, como una bandera de partido. Sobre todo, un manguito de piel de astracán, duro y anacrónico como una polca. Cuando iba a salir para sus devociones o visitas de pobres con sus zapatones como lanchas y su traje marrón de lana, le gritaba a la criada vieja: «Rosa…, ¡échame mi mijita de elegancia!» Y Rosa, desde el corredor del otro piso, la tiraba el manguito que ella llevaba como un manifiesto político… A París dejó de ir cuando la dijeron que para pasar la frontera era necesario mojar los dedos en tinta y retratarse. Nunca se había ella ensuciado los dedos, sino con crema chantilly. Y menos había nunca ella mostrado su retrato, siendo soltera, a un señor desconocido y «de otra clase».

Muchas otras espontáneas reacciones que ocupaban el sitio de sus ideas podrían citarse de esta maravillosa doña Todavía, Su celoso pudor de propietaria o de cuentacorrentista tenía las enterezas de la virginidad. Cuando la vida moderna empezó a invadir su caserón con arañas enfundadas y a pedirla padrones y declaraciones juradas, se sintió físicamente hurgada en su ropa interior. Entre una declaración fiscal y una declaración amorosa no establecía ella diferencia, tratándose de una señora como ella. Los alcaldes, inspectores y fiscales temblaban ante las reclamaciones de doña Todavía, que se empeñaba en redactar ella misma, con su firme letra inglesa y con un pintoresco estilo antijurídico donde insultaba dulcemente a las autoridades, y terminaba persuadida de que era la fórmula honrada en una alegación contenciosa: «Dios me guarde de usía muchos años.»

Cuando un día la dijeron que su criada Rosa, que tenía su misma edad, tenía que ser incluida en el «Seguro de Enfermedad», se puso intensamente pálida. ¿Qué más seguro de enfermedad que prepararle ella misma, como lo hacía, la magnesia de San Peregrino, cuando se empachaba por tomar demasiado gazpacho, cosa que le ocurría dos veces por semana de julio a septiembre? Aquella noche doña Todavía se acostó buena. A la mañana siguiente amaneció muerta. Murió de no poder digerir la sociología.

Cuando al día siguiente vinieron los pobres del «martes», porque ella murió en lunes y socorría escalonadamente un grupo de pobres cada día de semana, Rosa, con los ojos húmedos, les comunicó desde la mesetilla de la ancha escalera palaciega:

—La señora pasó a mejor vida.

Uno de ellos comentó con dulzura no maliciosa:

—¿Mejor… todavía?

Sí, todavía. Porque «doña Todavía» era, sí, un testimonio vivo de la carrera loca de los tiempos. De estos tiempos paradójicos donde doña Todavía, a fuerza de «conservadora», resultaba toda una revolución anarquista. Si sus espontáneas reacciones, en vez de ser hechos vivos e ingenuos, hubieran sido escritas, hoy estaría en la cárcel. Como eran sólo hechos dulcemente irresponsables, yo estoy seguro que hoy está en el Paraíso… Y que allí, por una dulce condescendencia del Señor, habrá logrado la única fruición de estilo «fin de siglo», que aquí abajo —porque respetaba a la Iglesia, así como no respetaba al Estado— se le quedó sin cumplir: leer Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas.

JOSÉ MARÍA PEMÁN
Signo y Viento de la Hora (1970)
Salvat Editores

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