SIGNO Y VIENTO DE LA HORA: Elegía del bollo de las seis menos cuarto

 


Elegía del bollo de las seis menos cuarto

Europa está cruzando, como un equilibrista, un hilo tenue y frágil tendido de marzo a junio: desde el agotamiento de la pobre cosecha pasada a la granazón de la cosecha nueva. Hay telegramas que hablan de hambre, de muertes, de raciones… Hay, sobre todo, unos telegramas fríos y tremendos, donde se cifra estadísticamente el descenso de las calorías concedidas a los hombres: mil, setecientas, seiscientas… De la tabla de los Derechos del hombre hemos pasado a la tabla de sus calorías. Los ministros de Alimentación, con las manos rigorosas en la llave, miran impávidos cómo baja el manómetro de la vida humana: mil, setecientas, seiscientas…

España, aunque solidaria con el dolor europeo, vive la tragedia en líneas más rebajadas y tenues. Entre los telegramas catastróficos se abre paso con los codos, como un señorito en una manifestación de desharrapados, la orden española prohibiendo la elaboración de bollos y ensaimadas. Esas cosas dulces y santas entran en la veda española cuando en muchas tierras de Europa van entrando ya en la arqueología.

Pero como todo dolor es relativo en la vida, bien merece apartar la vista un poco de lo más irremediable y catastrófico para dedicar una elegía sonriente a la bollería que se va. Todo es relativo. «Pan y circo» fue el programa mínimo de la plebe clásica. «Pan y toros», el de los chisperos españoles. Pero los mínimos de algunos pueden parecer máximos para otros. Así las señoras viejecitas, isabelinas, sin ortografía ni complicaciones, habían cifrado su aspiración mínima en dos grados más altos: «Ensaimada y teatro Real.» Perdieron el teatro Real… Ahora pierden la ensaimada. Hay tragedias de las que no se preocupará la sociología; pero la poesía bien puede preocuparse. Digamos la elegía de los bollos y ensaimadas de esas viejecitas que entraban en el salón de té a las seis menos cuarto.

Entraban con un cierto aire tácito de aventurilla picante. Iban, generalmente, por parejas, que agotaban estas combinaciones binarias: dos solteras, dos viudas, una viuda y una soltera. Vestían de oscuro. Tenían un contenido grave, surcado por no sé qué saborcillo de recuerdo o nostalgia. ¿Amaron alguna vez? ¿Hubo «algo» en sus vidas?... Como las viejas lápidas sobre el mármol, todo se había hecho ya indescifrable en su impávida respetabilidad.


Vestían de oscuro. Tenían un contenido grave, surcado por no sé qué saborcillo de recuerdo o nostalgia. (imagen de Pinterest)

Pero los sentidos humanos reclaman su parte hasta la muerte. La bollería era el último sustitutivo del amor. Se ve que la pareja se ha puesto de acuerdo detalladamente para la aventura. «Tú me telefoneas.» «Yo te recogeré.» Acaso el acuerdo reproducía otros más clandestinos de otros días juveniles. Luego han decidido entre los varios salones, como ayer entre los varios cortejantes. Y ya en el salón han saboreado, como un día su carnet de baile, la lista de las posibles fruiciones: bollos, ensaimadas, mojicones, croissants…

¡Oh, el croissant, con nombre y forma de luna creciente! Tras el crepúsculo de la vida, una noche con tal luna de masa angélica no era noche cerrada del todo.

Llegaban con aquel pasito nervioso que repica a vísperas. Buscaban «su mesa». El chocolate de las seis menos cuarto quiere su servicio propio, como los noviazgos. El camarero era conocido. Le tuteaban; le llamaban por su nombre: Julio, Pepe, Ramón; él les contaba «cosas». La mesa era casi siempre la de aquel camarero joven, del pelo planchado, que acababa de dar un último atractivo turbador a las seis menos cuarto. Les traía el chocolate «a la vienesa» con espuma y nata, y la bollería azucarada, etérea. Devoraban. Por el rostro empolvado, por el cuello que emergía de la cinta de seda o del collarín de tul, al que se acostumbraron cuando Marañón les diagnóstico «el bocio», subía un crepúsculo de carmín último. Era todavía el rubor de la delicia… Nada más parecido a una cita de amor que el chocolate de las viejecitas de las seis menos cuarto.


Les traía el chocolate «a la vienesa» con espuma y nata, y la bollería azucarada, etérea.

Con él renacía una vida ya casi renunciada. Las calorías racionadas en Europa chisporroteaban y desataban la locuacidad. Murmuraciones, chismecillos, recuerdos: todo en la zona leve del pecado venial. Y política. Una política personal y expeditiva, en la que se barajaban Stalin, el anticristo, la madre Rafols, los masones, la puntualidad de los trenes y el precio de las medias. Al fin, el agua; y el azucarillo «todavía»… saboreándolo lentamente, prolongándolo, como Romeo y Julieta, sordos para la alondra y ciegos para el día, en el balcón eterno…

Todo esto es pequeño, frívolo. Pero el dolor es una realidad íntima que no se ha comprometido a obedecer a los sociólogos. Yo tampoco me he comprometido. Por eso canto la elegía de esa hora doliente en que Julio, Pepe, Ramón, con su sonrisa convencional, les dirán nuevamente a la pareja de viejecitas: «No hay bollería. No la habrá ya más por ahora…»

En su juventud hubo un día en que romperían aquel amor, en que enviudaran. Aquel día creyeron que no había nada más, que la vida se acababa. Luego se dieron cuenta de que quedaba todavía chocolate con crema y el bollo de las seis menos cuarto. Ahora, ante el anuncio de Ramón, Pepe, Julio, han reproducido rebajadamente su gesto definitivo. Sienten una renacida viudez del paladar: una nueva soltería estomacal y resignada. Piensan que es la última súplica. «La vida se va. Ya no queda nada»…

Pero queda, queda. Queda el sol, las acacias del Retiro, algún verso, alguna plática del padre López… La vida es tenaz, y busca mil pretextos para no declararse vencida.


Ahora pierden la ensaimada. Hay tragedias de las que no se preocupará la sociología; pero la poesía bien puede preocuparse.

JOSÉ MARÍA PEMÁN
Signo y Viento de la Hora (1970)
Salvat Editores

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