SIGNO Y VIENTO DE LA HORA: Gloria y dolor de la etiqueta
¡Es de etiqueta!
Algún miembro de la familia ha descubierto, al pie de la
cartulina de la invitación, el rengloncito de letra menuda con la amenazadora
consigna: «De uniforme o etiqueta». Se han cruzado miradas de terror de la
madre a la hija; de la hija al hermano. Todos recuerdan la efeméride tremenda.
Hace cinco años, el padre de familia se vistió, otra vez, de etiqueta. Fueron
dos horas de trágica recordación: la busca, primero, de las prendas, el punto
de almidón de la camisa, las victorias sucesivas sobre los gemelos de los
puños, sobre los pasadores de la pechera, sobre el cuello, y, al fin, el
coronamiento definitivo; el lazo de la corbata. Ya, esta vez, hay, por lo
menos, antecedentes conocidos y cierta «división de trabajo»: porque fue la
madre la que logró, la otra vez, a pulso, la introducción de la camisa sin
despeinar al padre; la hija, la que consiguió que los ojales de la pechera se
pusieran de acuerdo, tarea tan ardua como la de aunar un matrimonio, y el hijo,
el que quedó especializado en la empresa de hacer el lazo de la corbata. Nadie
saldrá de casa aquella tarde. Todos estarán en sus cuartos esperando la llamada
del timbre que les anuncie el momento de actuar.
Pero ninguno ha contado con un pavoroso elemento de novedad,
que introducirá el desconcierto en sus cálculos de precisión. El padre ha
engordado. Todo el que se viste de etiqueta ha engordado siempre. No sé si será
que en el mundo únicamente engordan ya los que tienen frac; pero el hecho es indudable.
El padre ha engordado. ¿Cuatro, cinco, seis kilogramos? No puede cifrarse. Pero
el desvío pavoroso de los ojales que hay que poner de acuerdo acusa síntomas de
gravedad irremediable. Todas las leyes de la física y de la geometría han de
ser arrolladas para vestir al padre. La paz de la familia se salva de la
operación, gracias al dominio de nervios de todos, que limita el diálogo a
leves murmullos, inevitables y contenidos. El padre asegura varias veces: «Déjalo:
me quedaré en casa.» Y la madre repite lo que los médicos la decían a ella en
momentos augustos de su misión sublime: «Paciencia. Un esfuerzo más y es mío»…
Hasta que al fin, el padre queda vestido de etiqueta. Sino que el precio de
tanto esfuerzo es mediocre.
Hay como una incongruencia, como una superposición burlesca
de imágenes, en la figura del padre vestido de frac. Se ve el fantasma de un padre joven y esbelto sobre las
amplias líneas del padre rotundo de ahora. Se ha convertido en un ser extraño,
que lleva sobre sí su historia, su arqueología. Todo parece, en él, próximo a
saltar, llegado a su último límite de estiramiento. Parece la imagen del
capitalismo amenazado.
—¿Crees que podrás sentarte?
—Probaré…
Y es que la etiqueta lleva sobre sí el sello melancólico de
una supervivencia. Las formas viven siempre más que sus contenidos y funciones.
El ser humano conserva, atrofiados, órganos que le sirvieron en la vida fetal.
Los arbotantes siguen siendo un adorno arquitectónico cuando ya no sirven de
apoyo físico y real. La etiqueta es un producto de los siglos diecisiete y
dieciocho, cuando la clase cortesana que la usaba tenía una entidad propia. Hoy
es una supervivencia social, falta del correlativo apoyo económico. Una casaca
bordada tenía la magnificencia barroca de una oda triunfal. Ahora se ven fracs que tienen la melancolía
suspirante de una elegía o de un epitafio. La etiqueta exige una naturalidad
tranquila. El frac y el «ayuda de
cámara» eran piezas de una misma etapa social. El frac, sobre el que se advierte la lejanía de los años y la
preocupada colaboración familiar que logró su postura, tiene aires de intruso
que ha traspasado una frontera histórica.
Y no digamos nada del uniforme, no siendo militar o
político. Cuando se descubre uno tradicional entre el apretado concurso de la
boda o la ceremonia, nos hiere con la solemnidad de un dolmen, de una piedra
romana. Tiene en sus colores y en sus oros, palideces de «antes de la guerra».
En su traje de ordinario vestir no aceptaría nunca su propietario el deterioro
que tolera a su uniforme de calatravo o maltés. Hay que mirarlo ya con esos ojos
eruditos con que se contempla, embellecido de desgarrones, el pendón de Lepanto
o de las Navas… Bordar en oro se ha hecho, después de la guerra, una ilusión
quimérica. Se consigue, apenas, para los mantos de las Vírgenes andaluzas a
fuerza de rifas, suscripciones y novilladas. Pero a un particular no le es
fácil organizar una novillada o una rifa para costearse su uniforme. Tiene que
recurrir a la emoción literaria y convencida de «lo venerable».
Son todos estos menudos detalles melancólicos más
expresivos, a veces, que muchas páginas de apretada sociología. Vivimos sobre
dos épocas que se unen y empalman con dificultad. Lo dicen los sociólogos; pero
lo dicen, sobre todo, los ojales de muchas camisas de brillo. Hay que aceptar
el hecho con una sonrisa tolerante. La misma «etiqueta» lo acepta, blandeándose
y perdiendo almidón. Ya el letrerito «Uniforme o etiqueta» admite relajaciones
sucesivas de opción: chaquet, frac o smoking.
Y luego, como un suspiro, como una derrota: «O traje oscuro». Es un
portillo, nada más, que se abre… Pero por un portillo entraron las turbas en
las Tullerías.
Signo y Viento de la Hora (1970)
Salvat Editores

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