SIGNO Y VIENTO DE LA HORA: La criada que nos vio nacer

No hay mayor obra de arte que un ser humano; cuanto pueda pedirse de contradicciones violentas, de claroscuros misteriosos, de mezclas desconcertantes, lo ha puesto el Creador, con mano maestra, en el alma del hombre. Un alma es ya por sí un drama, una comedia, una novela, un sainete. Por eso las grandes obras clásicas no suelen ser más que la reproducción de una personalidad que las llena. Por eso su título suele ser lacónicamente un nombre personal: Ifigenia, Edipo, Otelo, Fausto…

Yo, pecador de mí, siguiendo las huellas de los grandes maestros, titulo esta crónica sencillamente «Magdalena». Magdalena es mi criada. Y aquí os ofrezco, mal tallado con la punta endeble de mi pluma, el retrato de su alma maravillosa.

Magdalena es la pura bondad: un ser de una bondad radical, temible, desesperante. La gran tragedia de mi vida es la bondad de mi criada. Todo cuanto malo hace, lo hace de puro buena. No es posible, por tanto, reñirla, ni castigarla, ni echarla. ¿Comprenden ustedes ahora el horror de sentirse ahogado para toda la vida en la bondad asfixiante de Magdalena?

En verano me pone dos mantas en la cama, porque dice que la humedad de la madrugada es muy traidora; me prohíbe en todo tiempo comer fruta, helados, conservas y pescado blanco, porque dice que me sienta mal; me obliga, en cambio, a repetir diariamente la carne, asegurándome, aunque yo le afirme lo contrario, que me he quedado con ganas. Algún día me niego rotundamente, pero es peor; porque entonces, a medianoche, cuando estoy en el más dulce de los sueños, irrumpe en mi cuarto, arrastrando sus inmensos pies, y me despierta, diciéndome:

—Señorito, aquí le traigo una taza de leche, porque estoy segura de que se ha quedado usted con debilidad…

Son inútiles mis protestas. Persuadido de que si me niego no ha de salir de mi cuarto en toda la noche, bebo, resignado y sin ganas, mi taza de leche, mientras Magdalena se entretiene en cazar los mosquitos del cuarto, abriendo desmesuradamente los brazos y dando sonoras palmadas en el aire…

Para justificar todas estas abrumadoras y cariñosas tiranías, Magdalena tiene una razón suprema y definitiva, que alega en todo momento: ¡Ella me vio nacer!... ¡Ah, querido lector, no tengas nunca en tu casa una criada que te haya visto nacer! Si la tienes, estás perdido. No hay, por lo visto, fuente jurídica de dominio como esa: la criada «que te vio nacer» dominará en tu cuerpo, en tu alma, en tu mesa, en tu cuarto, en tus ropas; ella decidirá cuándo tienes frío o calor, hambre o sed; ella te elegirá las corbatas y los trajes; ella te reñirá y se negará a cumplir tus órdenes, y te replicará con una suave y cariñosa insolencia.

Yo he leído en no sé qué leyenda apócrifa y herética que Adán tuvo otra mujer antes que Eva. Naturalmente, esta mujer, como anterior a la culpa original, carecía de la posibilidad del mal y era impecable por naturaleza y esencia. Su pequeña descendencia anda esparcida por el mundo, y es toda como ella, esencialmente impecable. Estoy seguro que Magdalena desciende de la impecable primera mujer de Adán; sobre sus ojos claros, aniñados y transparentes, a pesar de sus años, sobre su cara infantilmente risueña, resbala como sobre el cristal el rayo de sol, toda sospecha de mal y de pecado. Es refractaria por esencia a la culpa. Rompe los objetos, pierde las cosas, olvida los encargos con la misma dulzura ingenua con que una novicia dice una jaculatoria.

No hay modo de enfadarse ni de reñirla. Yo tenía en mi sala un jarrón de porcelana por el que sentía cierta debilidad, porque tenía pintada muy lindamente una muchacha con mantilla de madroños. Lo normal, en caso de ruptura del jarrón, es entrar en la sala y encontrárselo hecho añicos. Entonces surge un interrogatorio a las criadas. Poco a poco, entre mentiras y subterfugios, se descubre cuál ha sido la autora. Esta se disculpa torpemente. Durante todo este proceso, nuestra cólera se va aumentando, hasta que estalla y se desahoga.

Con Magdalena todo es distinto. Magdalena entra una buena mañana en mi despacho con su sonrisa inalterable y su mirar cristalino. Se coloca silenciosa ante mi mesa. Comprendo que quiere decirme algo; le pregunto, y entonces, sin alterar su rostro serenísimo, con la misma dulzura con que me diría que la comida estaba servida, me va comunicando:

—Sabe usted, señorito, que he roto el jarrón ese que usted me tenía recomendado que no lo rompiera. El de la muchacha con mantilla de madroños. Yo le estaba quitando el polvo suavemente con el paño, y de pronto hizo ¡tras!, y se rompió en mil pedazos. El mayor tiene el tamaño de una uña de mi dedo meñique…

Ante esto, toda amonestación muere en nuestros labios. Verdaderamente, ¿qué se puede hacer ante un jarrón que hace ¡tras!, por su propia voluntad? Porque Magdalena es inocente, es buena, no puede mentir. Lo que nos ha dicho tiene que ser la verdad. Positivamente, el jarrón se ha suicidado…

Lejos de reñirla, ando preocupado todo el día, mirándole la cara, y como me parece notar en sus ojos un velo de disgusto, acabo diciéndole:

—Magdalena, ¿está usted preocupada por lo del jarrón? No se preocupe usted. Usted no tiene la culpa. Fue él el que hizo ¡tras!...

También practica Magdalena de un modo maravilloso y dulce el arte de la desobediencia. Yo he intentado mil veces, para no ser interrumpido mientras escribo por los mil importunos que acuden a mi puerta, aislarme unas horas en mi despacho. Para ello ordeno a Magdalena:

—Hasta las cinco, diga usted a todo el que venga que no estoy.

Magdalena oye la orden con una atención, con un deseo de cumplirla, que verdaderamente conmueve. Si no la cumple luego es porque absolutamente no puede. Cuando estoy con más descuido, enfrascado en mi tarea, irrumpe en mi despacho toda agitada:

—Señorito, señorito, que ahí tiene usted un señor que va a subir a verle.

—Pero, Magdalena, ¿no le dije que no estaba?

—Sí, ya lo sé. Pero éste es un señor alto, vestido de negro, bien plantado él, que ha venido aquí otras veces…

No lo puedo remediar: con una buena fe absoluta, Magdalena cree que cualquiera de estas cosas —el ser alto, el vestir de negro, el haber venido otras veces— es razón justificada y suficiente para romper la consigna. Insisto, repito mis órdenes. Ella promete, pero todo inútil. Cualquier motivo justifica para ella la excepción. Al poco rato vuelve a entrar, y con la misma ingenuidad repite:

—Señorito, un señor que quiere verle…

—¿Otra vez, Magdalena? ¿Pero no le he dicho…?

—Bueno, señorito; pero es que éste…, ¿sabe usted?..., ¡es militar!

Inútil, inútil. Entrará a verme todo el que quiera; me pondré la corbata que Magdalena designe; comeré sin ganas; me pondré el abrigo sin frío; me dejaré revolver los libros, y romper los cacharros, y olvidar los encargos… Todo se estrellará contra la sonrisa inalterable y los ojos claros de Magdalena, la criada impecable que me vio nacer. Y esto para siempre, siempre, siempre. Nunca encontraré motivo para echarla. ¿Comprendéis mi tragedia?

Iba a contaros más cosas de Magdalena, pero es inútil. Magdalena acaba de llamarme a almorzar. Yo le he pedido un minuto para terminar estas cuartillas. Pero se ha negado rotundamente, porque dice que el almuerzo va a hacerme daño. Viendo que yo insistía, con su sonrisa inmutable y su mirar cristalino, se ha llegado a mi mesa y me ha quitado el tintero…

JOSÉ MARÍA PEMÁN
Signo y Viento de la Hora (1970)
Salvat Editores

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