SIGNO Y VIENTO DE LA HORA: La delicia de las seis menos cuarto

 

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La delicia de las seis menos cuarto

Dicen que es porque aún no ha llovido bastante y hay menguas y sequías en los saltos, balsas y hontanares, donde, con no sé qué manipulación ciclópea, se engendra la electricidad. Ello es que el consumo eléctrico anda por Andalucía racionado. Las fábricas han decidido cortar su chorro mágico en las horas que han creído menos perjudiciales: de doce a seis de la tarde. Pero se han ceñido y apretado con exceso en ese horario. La noche inverniza de las ciudades es diligente y prematura. A las seis aún anda el sol por azoteas y tejadillos; pero se está haciendo la oscuridad en las calles y las casas. Antes, pues, de la hora fijada para la vuelta del fluido, hay un cuarto de hora mágico en que se suspende la vida de la ciudad. Es como un dominguillo pasajero, como un borrador de noche incrustado en la tarde. Es la hora misteriosa en que la ciudad toda, muda, quieta, espera mesiánicamente la luz.

En las oficinas se suspende el tecleo de las máquinas de escribir, y la oscuridad se puebla de una constelación de puntitos luminosos. Son los cigarros de las seis menos cuarto, de esa hora maravillosa, anárquica y no recuperable, no inscrita en ninguna base de trabajo. La hora de los novios, de los rateros, de los murmuradores. La hora del pecado venial; cuando el hortera vende la corbata rozada y el fumador entrega en el estanco el billete dudoso, pegado con una tirita de papel de goma…

Pero es también, inevitablemente, la hora filosófica y reflexiva. Hay muchos ciudadanos que, en medio del ajetreo y la prisa de hoy, ante su periódico invisible o su invisible pupitre, se han encontrado, por primera vez, durante unos minutos, con esas dos cosas insospechadas: la soledad y el silencio. Han tenido que esperar la luz. El primer día no tuvieron tiempo más que para la sorpresa y el malhumor. El segundo, para la modorra… Acaso el tercero o el cuarto, con un doloroso esfuerzo, lograron extraer de su cerebro enmohecido una idea general y relacionar aquel episodio mortificante con aquel lejano embalse o salto de agua escondido allá entre los quejigos de la serranía, en el que nunca pensaron. ¡De modo que no es todo acercarse a la pared y girar una llavecita!... De modo que hay también el embalse, y el estío, y la lluvia… y ¡Dios!

Desde hace un siglo, desde que el progreso material y mecánico le tomó tanta delantera al progreso moral, el hombre urbano tiene una psicología facilitona, optimista y «Panglosiana». Con sus cachitos de cielo aprisionados entre las azoteas, y su agua de grifo y su luz a la mano, creía que la civilización era algo fácil y gratuito que «estaba siempre ahí». Se reía de la ingenuidad del hombre de campo, y no sabía que su prudente y sabio enlazar la lluvia con la cosecha, su equilibrado dosificar el azar y el esfuerzo porque nada se nos da llovido del cielo y en todo tiene que poner el cielo su parte de lluvia—, es mucho más profundo que no aquel vivir infantil del ciudadano entre una magia empírica de máquinas y facilidades. Ahora, de pronto, la luz se ha retirado a fin de dejarle al hombre unos minutos para pensar en el manantial. También «las luces» —aquellas «luces» filosóficas y optimistas del XVIII— se han eclipsado para que el hombre, escarmentado y dolorido, piense un poco en Dios.

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Hasta aquí había llegado en mi artículo cuando he tenido que suspenderlo. Son las seis menos cuarto de la tarde. No hay luz en mi mesa. Me quedo inmóvil. La lotera del piso bajo, que tiene una hermosa voz de soprano, pero que desde que se casó, vendiendo suerte y contando dinero, no tenía tiempo de ejercitarla, rompe ahora a cantar, como todas las tardes, unas viejas canciones. Espera, como yo, la luz…

Al fin, la bombilla de mi lámpara, se tiñe de un suave color anaranjado. Tiembla, parpadea… ¡La luz!

Tomo otra vez la pluma. En el piso bajo enmudece la alondra de este minúsculo y urbano amanecer que ahora se nos regala como de propina cada tarde.

JOSÉ MARÍA PEMÁN
Signo y Viento de la Hora (1970)
Salvat Editores

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