SIGNO Y VIENTO DE LA HORA: La tristeza del método

 

La tristeza del método
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El mundo se mecaniza por momentos. El hombre —el protagonista de esta gran comedia de la vida— se escurre por los rincones, se oculta, desaparece. Poco a poco su puesto va siendo conquistado por las cosas inanimadas, frías, automáticas, inmutables. El golpe seco de la máquina de escribir sustituye al rasgo personal de la pluma; la ruletilla del teléfono automático hace enmudecer a la lejana y poética señorita de la Central; las puntadas rectas y unánimes de la máquina de coser vencen a la vieja costura menuda, primorosa, femenina…

Y lo mismo en las obras del espíritu. Un libro de ciencia, por ejemplo, es cada vez más un producto de laboratorio impersonal y frío. Antes, la confección de un libro, como la de un dulce casero, necesitaba unos pocos ingredientes sencillos: papel, pluma, tinta y cerebro. Ahora necesita otros mucho más: fichas, notas, recortes, tijeras, goma. Un libro a la moderna es, como el pan de Viena, un producto de elaboración mecánica. El autor, asistido por un tropel de discípulos, corresponsales, copistas y mecanógrafos, recorta, ordena y clasifica «los materiales». Esta labor de albañilería no se parece nada a aquella tarea ética en la que, en amable soliloquio con sus cuartillas, el autor de ayer volcaba en su obra su personalidad.

¿Dónde están ya los tiempos en que Menéndez Pelayo preparaba sus obras inmortales, leyendo libros y libros, en las mañanas de invierno, metido en la cama y tomando chocolate con bizcochos? Sin más fichero que su memoria prodigiosa, ni más colaboración que su alma armoniosa y clásica, don Marcelino devoraba página tras página, y cuando tropezaba con una noticia codiciada o con un hexámetro elegante, su mano se quedaba suspensa en el aire, levantando, como una ofrenda, su bizcocho, que lloraba lágrimas de chocolate sobre el embozo de la cama…


¿Dónde están ya los tiempos en que Menéndez Pelayo preparaba sus obras inmortales, leyendo libros y libros, en las mañanas de invierno, metido en la cama y tomando chocolate con bizcochos? (imagen 2)

Y no es que yo defienda de un modo absoluto esta españolísima forma de trabajo. No; yo admiro los métodos modernos y me inclino ante esos lindos ficheros, especies de cerebros de recambio, en los que se almacenan las ideas por orden alfabético. Lo que no cabe duda es que aquel viejo sistema del chocolate y los bizcochos daba a la obra mayor atractivo y emoción lírica: la hacía más eficaz y de mayor resonancia humana. Las cosas que Platón dijo acerca del amor o del alma influyeron directamente en la vida y se incorporaron al acervo de las ideas cotidianas, cosa que nunca conseguirán hoy las conclusiones de cualquier Congreso de Psicología, impresas en un folletito repelente de abreviaturas y de tecnicismos. Y es que Platón habló del alma y del amor a la sombra de un plátano, empleando lindas comparaciones sencillas de rosas, cigarras, juegos y caballos.

Pero hay que resignarse si se quiere vivir al día. La ola del método frío, del automatismo impersonal, lo invade todo. Mi pobre mesa revuelta, encrespada de papeles, libros y folletos, es ya una cosa anacrónica, impropia de un escritor civilizado. Tendré que acogerme al fichero metálico, a los cajones numerados y al pupitre amplio y desierto, como la mesa de un delineante. Pero aquí, en la intimidad, os confieso que me resignaré con pena. ¡Era tan sugestivo aquello de buscar con la mano entre los montones de papeles, en busca de un libro perdido, adivinando con certera intuición si andaba por el terreno terciario o por el cuaternario! Esto no sería muy didáctico, pero era intensamente humano. Porque en el alma del hombre reina también un bello desorden.


¡Era tan sugestivo aquello de buscar con la mano entre los montones de papeles, en busca de un libro perdido, 
 adivinando con certera intuición si andaba por el terreno terciario o por el cuaternario! (imagen 3)

He escrito todas estas divagaciones incongruentes como desahogo a la vuelta de una visita que tuve que hacer a la gerencia de una fuerte Empresa financiera. Vuelvo de allí medio asfixiado por el peso de la vida nueva, fría, metódica, falta de gracia y de cordialidad.

Yo no tengo asuntos financieros, pero soy amigo del gerente. Este me había invitado a cenar. No me era posible ir, y como ya no había tiempo para avisárselo después, me arriesgué a la empresa temeraria de ir a verle en plenas horas de oficina.

A la puerta del ascensor me recibió un «botones», que, guiándome con un gesto mudo, me condujo al saloncito de espera. Reinaba en él un silencio religioso. En sillas rígidas e idénticas esperaban varios caballeros inmóviles. Parecían llevar así siglos. Hacían esas leves cosas absurdas que hacen todos los que esperan largo tiempo en una sala: miraban al techo, se miraban unos a otros, tecleaban sobre las rodillas, un piano imaginario. De la pared colgaban varios cartoncitos con sentencias prácticas y prudentes: «El tiempo es oro», «Sed breves», «Terminad pronto vuestras visitas».

Entré sobrecogido. Leí aquellos letreros expresivos e insistentes. Sentí miedo, e instintivamente balbucí al «botones» que me acompañaba:

—Si acaso, me voy…

Pero ya el «botones» había desaparecido y había sido sustituido por un ordenanza:

—¿A quién desea usted ver?

Una Empresa moderna es una cosa llena, como un mapa, de límites y fronteras jurisdiccionales: gerente, administrador, director, consejero delegado. Yo contesté con sencillez:

—Quisiera ver al gerente.

Las cejas del ordenanza se encaramaron en lo más alto de su frente con un gesto de asombro y de duda:

—¿Al gerente?

Creí advertir que aquel deseo mío de ver al gerente le parecía bastante atrevido. Movió la cabeza con disgusto y dijo:

—En fin, veremos. Voy a buscar al secretario segundo.

Poco después el secretario segundo, un joven pálido, con gafas prematuras, indagaba con igual asombro:

—Dicen que desea usted ver al gerente…

Contesté que sí. El secretario advirtió:

—Veremos si puede ser. No es hora de visitas. Tendrá que ser un momento.

—Es una cosa brevísima. Cinco minutos.

El secretario segundo frunció el entrecejo. Yo, cada vez más sobrecogido, rectifiqué:

—No lo tome usted así. Era una broma. Me basta con medio minuto. Le hablaré de pie.

No pareció satisfacerse todavía. Yo, sin saber ya lo que decía, insistí absurdamente:

—Si acaso, se lo diré desde la misma puerta del despacho… o incluso por el ojo de la cerradura…

El secretario segundo, sin contestarme, me tendió una pluma y un talonario y me dijo imperativamente:

—Rellene usted un volante.

Eran unas hojitas llenas de letreros indiscretos, seguidos de unas líneas de puntos que invitaban a la respuesta: «Nombre del visitante». «Persona a quien desea visitar». «Fecha». «Objeto de la visita»…

Escribí mi nombre, puse la fecha y dije, por tercera vez, que quería ver al gerente. Luego me quedé un momento con la pluma suspensa en el último letrerito: «Objeto de la visita». Al fin escribí: «Un asunto particular»…

El secretario segundo desapareció. Yo me quedé haciendo reflexiones tristes. Indudablemente, aquel modo de anunciarse, mediante un volante frío y cuadriculado, como un padrón municipal, era mucho menos bello que no el del paje que en las antiguas novelas canta el nombre del visitante, separando con gracia una cortina…

Pero a los pocos minutos volvió el secretario segundo:

—Dice el secretario primero que así no puede transmitirse el volante. El objeto de la visita debe expresarse de un modo más claro y detallado.

Me sentí definitivamente arrollado por la ola de la metodología. Cogí la pluma y, tras el letrerito «Objeto de la visita», escribí: «Venía a decirle al gerente que no puedo cenar con él, porque a mi mujer le duele la cabeza. Que muchos recuerdos a su señora y que espero su aviso para otro día. Que se abrigue bien al salir, porque se ha levantado viento frío…»

Sequé, doblé melancólicamente el volante y se lo entregué al secretario. En seguida cogí, con resignación, mi abrigo y mi sombrero. El secretario me miró con extrañeza.

—Pero ¿cómo? ¿No va a pasar a ver al gerente?

Contesté con sencillez:

—¿Para qué? Entréguele el papelito, que lo lea…, y es igual.

Todavía, mientras bajaba la escalera, oí que, en el descansillo, discutían acaloradamente el secretario primero y el secretario segundo:

—Es una falta de formalidad. Y, además, un conflicto. Habrá que anular la matriz del talón y el asiento del libro de visitas, que estaba ya hecho. ¡Qué conflicto!

Una Empresa moderna es una cosa llena, como un mapa, de límites y fronteras jurisdiccionales: gerente, administrador, director, consejero delegado. (imagen 4)


 JOSÉ MARÍA PEMÁN
Signo y Viento de la Hora (1970)
Salvat Editores

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Imagen 1: tomada de elandroidelibre.elespanol.com
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