Signo y Viento de la Hora: Las niñas
Ser soltera o doncella, en esta Andalucía tan dada a abultar las cosas, es toda una profesión que imprime carácter, como el ser cura o el ser militar. La doncella se sigue llamando «niña» toda la vida, y conserva en su gesto y en su trato un apocamiento pudoroso. Hay «niñas» de cincuenta o de sesenta años que no se atreven a ir solas a la Misa Mayor de la parroquia, y que le preguntan tímidamente al chofer si pueden leer Pequeñeces, del padre Coloma.
Por eso, en toda Villachica, las tres solteronas de Valdeíñigo —Rosario,
Purificación y Dolorcitas— son conocidas, generalmente, por «las niñas», a
secas. Tienen sesenta y uno, cincuenta y siete y cincuenta y cinco años,
respectivamente; pero basta, sin embargo, que se diga «las niñas» para que la
imaginación se represente a Dolorcitas, Purificación y Rosario, con sus rostros
empolvados, con sus peluquines de amarillo tornasolado como el de un bigote
manchado de nicotina.
«Las niñas» viven en un caserón inmenso y blasonado, último resto de su
antiguo y pingüe caudal, lleno todo él de goteras, ratones e hipotecas. Ocupa
toda una manzana del pueblo, y con decir «la casa de las niñas», todo el pueblo
la conoce. Todos miran la casa con cierto temor supersticioso, porque tras sus
anchas ventanas enrejadas se ven, desde la calle, unos salones largos,
interminables, en cuya penumbra destacan, como fantasmas, las arañas, los sofás
y los sillones enfundados de lana blanca.
Aquella casa, grande y fría, merece el requiebro bíblico de «huerto cerrado» y «fuente
sellada». Es, por esencia, la casa del recato y del pudor. Rosario,
Purificación y Dolorcitas no han conocido el amor. Como son de linaje muy
principal, y, por otra parte, están arruinadas, no encontraron maridos en el
pueblo, ni pudieron salir a buscarlos a la capital o a Madrid. Es una de esas
tragedias lógicas y sin importancia que traen las circunstancias triviales de
la vida. Sólo Dolorcitas tuvo un asomo de noviazgo con un marqués que vino al
pueblo a su busca. Duró «la cosa» unos meses, hasta que, al fin, resultó que el
marqués no tenía título, sino que era una vista de Aduanas, procesado. Cuando
se enteró de que Dolorcitas no tenía fortuna, se marchó sin despedirse de ella,
a Portugal. Aquella historia vulgar y triste quedó en la casa bajo el nombre
alusivo y prudencial de «lo de Dolorcitas». Es un recuerdo agridulce; la única
fecha memorable que hay en el calendario de «las niñas». Con arreglo a ella,
computan toda su cronología. Cuando se trata de fijar alguna memoria pretérita,
dicen: «esto fue antes o después de “lo de Dolorcitas”…» Y al decir esto, las
tres solteronas suspiran a un tiempo, hinchando levemente bajo sus largas
batas, sus pechos lisos e inútiles.
Después de aquel breve episodio, nada ha turbado la vida monótona del
caserón. Las horas iguales, rítmicas, pausadas, van pasando a modo de una recua
de mulas cansinas por los largos salones enfundados, en cuya penumbra, como
ojos abiertos de un cadáver, blanquean las esferas de los solemnes relojes
isabelinos, con los minuteros inmóviles. Todo el día reina silencio en el
caserón.
Únicamente, a la hora de las ánimas, suele oírse un leve susurro beato.
Es que «las niñas» rezan el rosario. Como el caserón está lleno de ecos por
todos sus rincones, el susurro se extiende por él largo y monótono. Parece que
desde sus lienzos contestan también las avemarías, al unísono, todos los
antepasados: el obispo, el calatravo, el oidor, el almirante…
Por las noches, el cura, que es el único amigo de la casa, viene a hacer
la tertulia con las tres solteronas. La tertulia consiste en sentarse los
cuatro, frente a frente, en unos altísimos sillones de terciopelo chafado, con
galón de oro. En el centro se pone un brasero medio apagado, junto al cual
dormita el gato gris. Rosario zurce medias. Purificación lee el Año Cristiano,
Dolorcitas recorta sellos para enviarlos a los misioneros de China, y el cura
dormita sobre el breviario. Transcurre así una hora. Al cabo, el cura dice:
Buenas noches… Y se acaba la tertulia.
Así se va consumiendo lánguidamente la vida de «las niñas», entre los
paredones tristes y señoriales, cargados de escudos y de varones inútiles
pintados. La doncellez a la andaluza de «las niñas» es algo épico y heroico.
Nunca ha sonado en aquella casa una palabra atrevida o ligera. Cuando han de
leer un libro, primero lo lee el cura para ver «si tiene algo». Luego, Rosario,
que es la mayor; luego Purificación, y al fin, Dolorcitas. Pero a ésta, sus
hermanas le doblan el pico de algunas hojas para que las pase por alto. Cuando alguna
visita, confiada en los años de «las niñas», desliza alguna murmuración de la
pequeña crónica escandalosa del pueblo, Rosario, Purificación y Dolorcitas se
distraen al unísono y miran con insistencia, junto al techo de la sala, el
lienzo grande del Sacrificio de Isaac.
«Las niñas» están completamente arruinadas. De vez en cuando entra en el
caserón un viejo con cara de chivo, que les habla de hipotecas y préstamos.
Unas veces se lleva un cuadro, otras un reloj. Las tres solteronas se reúnen
para escucharle en conciliábulo. Él hace rápidamente cuentas de pesetas y
duros. Pero ellas le dicen:
—Díganoslo en reales, que es como lo entenderemos nosotras.
Abajo, en una cochera húmeda, llena de telarañas, tienen arrumbada una
berlina. Es una berlina antiquísima, de cuando tenían cochero y caballos,
barnizada de verde, con escudo en la portezuela. Tiene algo de litera o de
silla de manos, y sus curvas entalladas recuerdan la levita romántica de Fígaro.
Se la han querido comprar muchas veces. Pero «las niñas» se niegan
sistemáticamente a venderla, porque, aunque no sirve para nada, está llena de
recuerdos. En ella, hace muchos años, cuando aún vivía su madre y ellas andaban
por los trece y los catorce, las tres iban al paseo del Río, entre las largas
filas de palmeras. El paseo estaba lleno de sol, y ellas llenas de risas y
esperanzas. Tras los cristales de la berlina, les ponían motes a los muchachos
del pueblo. El registrador era «la cigüeña», por sus piernas largas, y el juez
era «huevo hilado», por su cabello rubio. Luego, cuando fueron mayores, se
fueron enterando de que su madre era viuda de un maestrante, y el juez y el
registrador eran «de otra clase»…
¿Son felices o desgraciadas «las niñas»? ¿Lo ignoran todo, o todo lo
ocultan? ¿Guardan algún anhelo o alguna desilusión bajo sus peluquines
amarillos? No se sabe; todo se estrella
contra la roca imposible de su pudor correctísimo, de su recato admirable de «niñas
andaluzas».
De cuando en cuando, toman una criada joven y robusta, que pone en algún
momento en el caserón el trino de una copla. A los pocos meses, a la criada le
sale un novio, y se va. Al año viene a saludar a las señoritas con un niño en
brazos. Rosario, Purificación y Dolorcitas le besan sucesivamente, y el niño
llora porque las tres tienen un poco de bigote… Luego, Dolorcitas, Purificación
y Rosario, se quedan pensativas.
El gato gris y lanudo, que es el cuarto miembro de la familia, falta, a
veces, de casa muchos días. Es novio de la gata blanca del cartero, que vive en
la esquina. La gata blanca entra por la gatera del portalón en la cochera llena
de humedad y telarañas. Ambos celebran sus idilios en los cojines grises de la
vieja berlina entallada, que recuerda la levita romántica de Fígaro.
Las tres solteronas, cuando encuentran al gato gris por las largas
galerías, le acarician, con sus manos de momias, el lomo arqueado y fino y
dicen al unísono: «¡Picarón! ¡Picarón!»
¿Lo ignoran todo, o todo lo ocultan?
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| José María Pemán |

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