SIGNO Y VIENTO DE LA HORA : Llegar ayer

 

Llegar ayer

Mi amigo comentó gravemente:

—¿No han leído lo que ha asegurado el profesor Rocco en el último Congreso de Aeronáutica de Roma? Ha asegurado que cuando se logre viajar a la velocidad de la luz —y la cosa parece que está al caer—, subjetivamente el tiempo se detendrá para nosotros- Como es la luz la que, llegando a la tierra, nos va midiendo los días y las noches, cuando nos pongamos a su compás o le cojamos la delantera, nos iremos dejando el almanaque a la espalda.

Otro de los interlocutores confirmó:

—De hecho, con nuestras modestas velocidades actuales, ya nos comemos algunos trocitos de tiempo cuando en los viajes trasatlánticos vamos retrasando todos los días las horas de nuestro reloj para acompasar a la diferencia de hemisferio. Volando en avión de reacción, y tragándose de golpe una buena ración de horas, ya ha habido quien ha logrado «llegar ayer». No es imposible ya salir un cinco de mayo de un sitio y llegar al otro el cuatro de mayo.

—Claro que todo esto es subjetivo. La Naturaleza protesta. En los grandes trasatlánticos tienen la costumbre de estar sirviendo pequeñas comidas a todas las horas. Pero los jugos gástricos tienen poquísima disciplina para acomodarse a la artificiosa zarabanda de los horarios. En un largo viaje trasatlántico que yo hice, los camareros servían una tacita de caldo a las once de la mañana. Pero, claro, para un pasajero terco que se había negado a ir variando las manillas de su reloj, acabaron sirviéndoselo a las siete de la mañana. Protestaba todos los días: «Yo no desayuno caldo» Y objetaba que aunque estuvieran ya en el hemisferio austral, su estómago se empeñaba en seguir siendo boreal.

Otro de los interlocutores, que era sesudo historiador, derivó a charla a su especialidad:

—Cuando el rey Recaredo se convirtió al catolicismo, lo primero que hizo, como es natural, fue enviarle al Papa un mensaje dándole la fausta noticia. Pero llevado por mensajeros a caballo sobre caminos peligrosos, el Papa tardó un año en recibir el mensaje. Entonces el Papa escribió otro mensaje enviando a Recaredo su bendición. Y Recaredo tardó otro año más en recibirlo. Muchos fenómenos históricos que a veces trasladamos abusivamente como antecedente y comparación de los actuales procedieron de esas lentitudes. Los hechos y creaciones dispares, diferenciales y autónomos, tienen muchas veces por causa suprema esta dificultad de las comunicaciones de antaño. Los cismas, las herejías, los dialectos, las naciones, son en buena parte, en su origen, puros retrasos de correspondencia. Bien mirado, la brava América, zarandeada cada día por los telegramas y nerviosismos europeos, es ahora mucho menos independiente que cuando era dependiente. Cuando era de verdad independiente, era cuando el virrey del Perú tardaba cuatro meses en recibir carta de Madrid.


Conversión de Recaredo al catolicismo, Muñoz Degrain (1888) (imagen 2)

Y fue entonces cuando habló el señor famoso que había permanecido hasta ahora en grave silencio:

—Cada época hace los descubrimientos que se merece y que están a ritmo con su espíritu. El siglo XV inventó la imprenta porque tenía la certeza instintiva de que en seguida iba a inventar el Renacimiento, y era preciso imprimirlo. El siglo XX ha inventado el transporte aéreo, la «radio», la televisión, porque sabe que se va a inventar, cada vez más, la vaciedad y la mentira, y era preciso darle importancia mecánica a esos raquitismos mentales. Sólo televisados y radiados pueden tolerarse los monosílabos inarticulados y bovinos de algunos guardametas y campeones de «motos» ante el micrófono. Las linotipias no tienen ya signos para reproducir lo que Lolita «la Malagueña» emite entre sus labios repintados, cuando le piden que salude al público.


Sólo televisados y radiados pueden tolerarse los monosílabos inarticulados y bovinos de
 algunos guardametas y campeones ante el micrófono. (imagen 3)

Luego, como al señor famoso le ha ocurrido cualquier cosa de que se hable en grado superior al que se narra, añadió:

—Por lo demás, sin necesidad de acudir a las velocidades mecánicas, por la simple velocidad y atropello de la época, yo «he llegado ya ayer» en alguna ocasión. Fui, por compromiso, a una capital de provincias para actuar de mantenedor de unos Juegos Florales. No bien puse el pie en el andén, un jovencito, armado de estilográfica y cuartilla me interrogó: «¿Qué le parece a usted nuestra capital?» «La estación es muy bonita», le contesté. Pero no se conformó; quería que le dijera algo de la Catedral y de la nueva Casa de Correos. Objeté que todavía no las había visto; pero esto no convenció al jovencito, que alegaba que mis «declaraciones», para adelantarse a cualquier otro diario, tenían que salir en la edición de la tarde del suyo, que ya se estaba tirando. Además, me insinuó que la Catedral la había visto desde el tren y que cualquier persona inteligente puede hablar de una Casa de Correos sin haberla visto. Me convenció y dije cuanto quería que dijese. Luego, en el hotel, me asaltaron más muchachitos que, invariablemente, me preguntaban cosas venideras: lo que pensaba escribir y mi opinión sobre lo que hará la generación que está estudiando su cuarto año de Bachillerato. También me preguntaron si ocurriría algún cambio político en la primavera. Yo les contesté, naturalmente, que no, y fui empezando a comprender cómo se pueden poseer las primaveras futuras. Más tarde vino otro redactor, que me preguntó: «¿Qué va usted a decir mañana por la noche?» Le resumí mi discurso. En seguida, el alcalde me rogó que me vistiera de frac y fuera al teatro, porque iban a «ensayar» los Juegos Florales y de paso se aprovecharía para «rodar» un noticiario. Todo se hizo ante las cámaras como si fuese mañana. Al acercarme a la mesa me rogaron que levantara un brazo «como si hablara». Pero el de la «radio» me pidió más: me pidió que hablara de verdad para tomar mi discurso por cinta magnetofónica y tener eso adelantado. Dije, pues, mi discurso. Como mientras tanto, entre familiares de las señoritas que intervenían, criadas que las habían visto nacer y oficinistas del Ayuntamiento, se había casi llenado el teatro, me aplaudieron bastante. Yo insinué al alcalde que podíamos considerar que era mañana y que, puesto que ya tenían el noticiario y mi discurso hablado y escrito, yo me podía volver a casa. Pero el alcalde me objetó que había una diferencia sustancial. «Mañana —me dijo— cobramos la entrada»… Todavía aquella noche fui a la redacción del periódico a corregir mi discurso. Y he aquí que mientras lo corregía me sorprendió leer en otro montón de galeradas que estaba sobre la mesa los más exaltados elogios de mi persona y de mi obra. Aquello no me lo habían dicho nunca. Seguí leyendo: «deja inacabada su última obra.» Adiviné. Aquello debía de ser mi «necrología». El director me explicó con sencillez: «Sí: la hicimos cuando tuve usted aquella gripe mala. Por tenerlo adelantado, por si acaso. Hoy, al saber que usted venía, la hemos sacado del archivo para ahorrarnos el buscar otra vez los datos. Porque, en definitiva, una biografía y una necrología son lo mismo. Basta añadir en la segunda un poco más de benevolencia.»

Y con esta narración del señor famoso se disolvió aquella tarde la tertulia. Porque yo recordé que nuestras mujeres, ajenas a estas trasposiciones del tiempo, viven en un absoluto realismo. Y su alegación «que se está enfriando la sopa», tiene una radical coincidencia con el reloj y la verdad.

Con nuestras modestas velocidades actuales, vamos retrasando todos los días las horas
 de nuestro reloj para acompasar a la diferencia de hemisferio. (imagen 4)

JOSÉ MARÍA PEMÁN
Signo y Viento de la Hora (1970)
Salvat Editores

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imagen 2: tomada de wikipedia
imagen 3: tomada de RPP
imagen 4: tomada de Fundéu.es 

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