SIGNO Y VIENTO DE LA HORA: Nieve en Cádiz
Nieve en Cádiz
Esta baja Andalucía, cargada de años ingenuos, vive, como
una vieja y digna señorita solterona, en la ignorancia de muchas cosas.
Acurrucada, desde siglos, como una pedigüeña a la puerta del jubileo, aquí, a
la vera del estrecho calpense —pasillo familiar entre el «mare nostrum» y el
Atlántico, que también es «nostrum» para los españoles— ignora los orfeones,
los «metros», la sindicación y la filosofía kantiana… Y también ignoraba la
nieve.
Fijaos bien que dije ignoraba: en un ufano y pedante pretérito.
Porque ya no. Hoy la baja Andalucía ha roto una de sus virginidades. Hoy ha
tenido en sus ojos la cristalina admiración de la aldeana, a quien, por primera
vez, llevan al cine sonoro. Procuremos componer un buen gesto displicente y
cosmopolita para dar, al fin, la gran noticia: Hoy ha nevado en París, en
Berlín, en San Sebastián, en Madrid… y en Cádiz.
¿Qué quieren ustedes? Andalucía es así. Como esas personas
sordas de mirada lejana y expresión ausente, que parece que no se enteran de
nada y que, de pronto, resulta que se han enterado de todo. Pasa años y años,
pasmada e indiferente, al margen de los grandes ruidos europeos y las grandes
trepidaciones culturales, y de pronto, un buen día, con un salto felino de su
gran fuerza intuitiva y su gran poder de adaptación, surge un Falla en
Cádiz, o Juan Ramón en Huelva, o Picasso
en Málaga, enterados hasta el fondo de todo el revuelo de por ahí fuera,
maestros del mundo, cabos de vanguardia.
Así, en esta gris y cosmopolita mañana de febrero, ha
surgido de pronto la nieve sobre las palmeras de Cádiz. Ha surgido, inesperada
y repentina, como una cabezonada, como por un «trágala» al mundo: como la
Farsalia de Lucano, como el Observatorio de San Fernando, como el cultivo
mecánico. Eran ya muchos telegramas hablándonos de esa «ola de frío» que corría
por toda Europa, cobijando nombres de capitales ilustres y grandes ciudades. Parecía
que sus contornos meteorológicos demarcaban toda la civilización europea y
excluían al margen de ella, como un pobre arrabal de barbarie, los demás
pueblos. Parecía que más allá de la nieve empezaba el África. Parecía que en
nuestros cielos enjutos estábamos suministrando un argumento más a la tesis africanista
de Kayserling. Y esto no podía ser. La baja Andalucía, «niña de los ojos de
Roma», exportadora de poetas y emperadores a la Metrópoli, no podía consentir
eso. Y una buena mañana, con el mismo gesto de superioridad displicente con que
ayer hizo circular el caminito del Trocadero el segundo tren de vapor, se ha
unido a Europa por la blanca solidaridad de la nieve. Ya no nos lo contarán. Ya
la hemos visto. Ya tenemos una fecha más en el almanaque de nuestras
virginidades marchitas. Nueve de febrero: fecha turbadora con aire de primer
pecado, de primer beso, de primer cigarrillo. Fecha nupcial para la palmera y
el naranjo, que desconocían a este blanco novio del Norte. Día de zapatos
nuevos. Toma de hábito de Cádiz, la novicia.
Y ello no fue sin dificultad. Amaneció el día descolorido y
grisoso, con cielo de pizarra y asfalto. Se mantuvo así hasta las nueve, con una
creciente palidez llena de misteriosos presagios. Y a esa hora, lentamente,
trabajosamente, consciente de la solemnidad de las efemérides, los cielos
empezaron a parir unas leves pelusillas blancas, que bajaban contoneándose,
dejándose ver, con aire de bailarina que baja, con zarandeo de tango, hacia las
candilejas. No nevaba como en todas partes. Paría el cielo la nieve «adrede»,
como a Quevedo su madre según el romance pícaro. Se veía que nevaba el cielo,
por tozudez, por compromiso, como si lo ordeñasen. Apenas logró amontonarse la
nieve en algún rincón de acera, pintando, en momentánea ufanía, una postal de Christmas. Apenas algún chicuelo
afortunado logró tener por unos minutos en su mano morena una pelotita blanca,
no mayor que una ciruela. Pero, en fin, bastó para que alguna palmera tiesa y
bien plantada recogiera en la punta de sus largos brazos verdes un leve penacho
blanco y lo agitara por encima de tierra y fronteras, como un pañuelo, hacia
París, y Berlín, y Estocolmo, hacia la Europa de la «ola de frío» y de los
telegramas de tantos bajo cero, gritándola con ufanía: ¡Camarada!
Ha sido una mañana inolvidable e ingenua, sólo comparable
con aquella que se leyó en la Prensa, el año sesenta y tantos, la proclamación
de la libertad de cultos, o hace tres años la instauración de la República.
Hemos jugado a Europa: Nos hemos vestido, por una hora, de un Spitzberg de
percalina. Toda la ciudad ha vivido, durante una mañana, de esa única noticia.
El panadero ha entrado en la casa diciendo: «¿Han visto ustedes la nieve?» y ha
enseñado sobre su hombro una burbuja blanca, que lleva con la ufanía de una
charretera. El barbero ha contado a su «víctima» que a él no le ha cogido de
sorpresa porque, cuando se casó, fue de viaje de novios a Guadalajara. Los
niños del colegio han pedido permiso para subir a la azotea. La «criada antigua»
ha aconsejado a la señorita que no salga a la calle. La esposa, acongojada, ha
rogado a su marido que no vaya a la oficina, y el marido, que es hombre de
negocios y pasó un año en Huesca, ha contestado con superioridad: «No seas niña
y dame los chanclos.» En la iglesia del convento, la beata, antes de empezar su
confesión, le ha dicho al padre la noticia por la rejilla de madera. Y al
terminar, entre penitente y penitente, el padre, pretextando un «quehacer de
urgencia» ha salido un momento al patinillo de junto a la sacristía «para ver
la nieve».
Este, en su ingenuo historial de efemérides meteorológicas, será ya para Cádiz «el año de la nieve», como aquel otro «el año del cometa» y aquel otro «el año del temporal en que se perdió el “Regente”». ¿Cronología de pueblo ingenuo y provinciano? Acaso, mejor, cronología de pueblo sabio y viejo, que se pone de tarde en tarde en leve y pasajero contacto prudente con las grandes violencias europeas. No se priva de nada; pero de nada abusa. Ha probado el vanguardismo, el mecanismo o la nieve, en rápido buche de oro, como prueba la manzanilla. Y esto es más civilizado, en el hondo y auténtico sentido de la palabra. Que civilización no es empacharse, a grandes raciones, de europeísmo improvisado, laico y mecanicista. Sino tomar a Europa en dosis pausadas, leves y discretas, como los copos de nieve de esta mañana de Cádiz.
JOSÉ MARÍA PEMÁN
Signo y Viento de la Hora (1970)
Salvat Editores

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