SIGNO Y VIENTO DE LA HORA: Tener que decir
Tener que decir
Las letras, el arte, las creaciones de la cultura en
general, han de tener como raíz insustituible de su ser propio y auténtico su
interna «necesidad». No hay que decir en verso o en música sino aquello que ha
sido necesario decir. La más demoledora crítica de un hecho artístico será
siempre la de su gratuidad innecesaria. La de aquel crítico acerbo: «Ayer, en
la sala Pleyel, dio un recital el joven pianista Fulano de Tal… ¿Por qué?»
Pero, acaso sin darnos cuenta, estamos conviviendo con un
vicioso desplazamiento del «porqué» íntimo del creador al «por qué» exterior y
difuso de la clientela. El arte y las letras se están extendiendo hasta su
máximo coeficiente de elasticidad. Llegan hasta insospechadas lejanías, pero
llegan rarificadas y empobrecidas de distensión como una camiseta de punto
cuando el propietario engorda. Si se lee en un cancionero del siglo XVI que un
caballero le robó la novia al poeta en la «mañanita de San Juan», probablemente
algo habría de verdad. No digo que fuera esa mañana precisamente, porque las
mujeres tienen todo el calendario a su disposición para hacer esas trastadas;
pero no cabe duda que el poeta ha tenido que quejarse inevitablemente de algún
abandono. Ahora es necesario fingir en canciones de todos los tipos que muchas
novias, «chinitas» y Rocíos, nos abandonan porque todos los días, durante dos
sobremesas y tres o cuatro horas más, hay que cantarle a las gentes cosas de
estas. Con las señoritas que de verdad abandonan a sus novios no hay cupo bastante
para las emisiones de «radio». Por eso casi todas las canciones que se radian,
aparte de ser buenas o malas, son fundamentalmente «evitables»…
Estamos conviviendo con un vicioso desplazamiento del «porqué» íntimo del creador al «por qué» exterior y difuso de la clientela. El arte y las letras se están extendiendo hasta su máximo
coeficiente de elasticidad. (imagen 2)
Desde luego que esto ha causado una amplificación y socialización de la música que tal vez sea provechosa. Pero a cambio de extenderse, la música se ha trivializado; se ha hecho un inadvertido rumor «de fondo» como el de los motores de los camiones o los chirríos del tranvía por la calle. Se nos aconseja con música que nos purguemos y que tomemos pastillas para la tos. La marcha fúnebre del Ocaso de los dioses se toca porque se murió un delantero centro; y la Pastoral, de Beethoven, inicia una emisión sobre los seguros agrícolas.
Pero esto es todavía peor en las letras. La postura clásica
era escribir, porque «se tenía algo que decir». Pero ese «tener que decir» era
también una urgencia íntima: un «tener» de riqueza interior. Ahora se tiene que
decir, porque hay que rellenar tal sección diaria o semanal del que se está encargado.
El acto intelectivo, para Santo Tomás, empezaba por el «objeto», por la cosa
exterior. Para Kant empezaba por el «sujeto», íntimamente. Pero el periodista
da un paso más: el «sujeto» ha de crear y sobreexcitar su «objeto» a la fuerza.
El «periodismo» es como una especie de «kantismo» con café y simpatina. Es
muchas veces el extremo último de la creación subjetiva en el vacío; del
dramático «tener que decir» sin tener que decir. En el más modesto diario
provinciano hay una cruel sección voraz que se titula, por ejemplo, «Zamora al
día». Es una sección temeraria, genesíaca. Alguna vez el «objeto» funciona
desde fuera a estilo tomista: se descalabra un albañil, hay baile en el casino,
se muere un canónigo. Pero muchas otras veces el reportero ha de crear de la
nada su día… ¡su día de Zamora!
sin tener que decir. (imagen 3)
Este era el caso de «Apocado». Había tomado este seudónimo cuando su protector, el señor Ruiz Bueno —una especie de San Francisco de Asís con abrigo—, lo recomendó al director de «El Eco», en Villachico de Abajo. «El Eco» había acometido reformas. Traía los lunes unos cuadriláteros negros y grises con un letrerito al pie por el que el lector sabía si eran los sucesos de Hungría o el «gol» del Sabadell al Villachico. En sus nuevas planas, naturalmente, «El Eco» incluyó un rinconcito: «Villachico al día» y se lo adjudicó a «Apocado». La consigna fue sobria. « ¿Qué tengo que escribir? » «Lo que ocurra» « ¿Y si no ocurre nada?…» «Lo que se le ocurra» « ¿Y…?» Naturalmente que no formuló la nueva pregunta que era de cajón.
Empezó con suerte. Se murió una señora rica; cortaron los
árboles de una calle. Esto de los árboles molesta mucho a los periodistas. Hubo
una procesión. Pocos días después, empezó la tragedia. El día de Villachico fue
de una regularidad solar astronómica. El sol salió y se puso como un cartujo en
su monasterio. Entonces «Apocado» hizo una croniquilla diciendo que no llovía.
Al día siguiente aseguró que seguía sin llover. La cosa se ponía trágica. Al
otro día, sin embargo, tuvo un instante de optimismo. Todo el mundo estaba
seguro de que con motivo de la subida de jornales iban a subir los precios de
las cosas. Ideó una malicia. Entró en un comercio a comprar una estilográfica. «
¿Cuánto? » El vendedor le miró. Consultó con el patrono. Les oyó cuchichear
algo de «Villachico al día». Le habían reconocido. Le contestaron con una
sonrisa inefable: «Conservamos los precios de agosto»… Le habían chafado la
crónica. Porque la subida de los precios, como todo malhumor, es periodística.
Pero afirmar que los precios no han variado, es como afirmar que no llueve. Que
es lo que acabó asegurando, con sosera ya temeraria, en la crónica de la mañana
siguiente.
Y fue en esa mañana cuando en el callejón de las Monjas se
cruzó con su seráfico protector Ruiz Bueno. Le miró este con sus ojos
desvaídos, blandos de melosa bondad. « ¿Cómo van las cosas?» «Me van a echar,
señor Ruiz. No pasa nada, nada. Nos piden lo que no le pidieron ni a Tito Livio
ni a César Cantú. Nadie ha escrito la historia universal al día. ¿Qué pasó al
día siguiente de la batalla de Bailén? Probablemente esto mismo: que no llovió.
Pero no lo dijo nadie. Yo llevo ya tres días diciéndolo y me van a echar. Claro
que Bromfield hizo un tomo bien gordo contando que no llovía, hasta que al
final vinieron las lluvias, y ganó mucho dinero. Pero a mí no me lo consienten.
Me juego mi comida. Por favor, ¡un tema! »
Ruiz Bueno, con el alma angustiada de dolor, miró la quietud
mineral e histórica del callejón de las Monjas de Villachico. Nada. Ni un cable
desprendido. Ni unos niños que juegan a la pelota contra un escaparate —incorrección
muy periodística para ser reprendida—; ni una pocilla que apestara. Alzó los
ojos desesperadamente hacia el alero de un tejado. Insinuó:
—Acaso… las golondrinas.
—Las dejó inservibles Bécquer para muchos años.
Pero en aquel momento vio que por el callejón de las Monjas
avanzaba una de las tres motocicletas que hay en Villachico. La de Pérez, el
practicante, que es torpón y loco. El alma franciscana de Ruiz Bueno se ablandó
de ternura. Se trataba de la vida del pobre «Apocado» y sus tres hijos. Apretó
los ojos. Se hizo el distraído. No se movió. De pronto sintió un terrible golpe
en las rodillas. Sus pies se despegaron del suelo. Cuando todo se borraba de su
mente, se sorprendió murmurando: «Villachico al día»…
Pero cuando le llevó «Apocado» sus dos cuartillas al
director de «El Eco», que era joven, dinámico y recién salido de la Escuela,
este le replicó que el que una «moto» atropellara a un transeúnte era casi tan
soso como que no lloviera. Que era menester ya, periodísticamente, cambiar el
enfoque de esos sucesos triviales, que le diera la vuelta al tema…
Cuando a la mañana siguiente, Ruiz Bueno, en la clínica de
Santa Marta, salió del sopor de su conmoción cerebral, pidió el número de «El
Eco». Se fue derecho al rincón cotidiano. Allí estaba el título «Villachico al
día» y la firma de su protegido. Lo había salvado. Sus ojos se le mojaron, y
fue a través de un temblor húmedo como descifró el subtítulo de la croniquilla:
«La estupidez e imprudencia de los peatones»…
Signo y Viento de la Hora (1970)
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