SIGNO Y VIENTO DE LA HORA: Vivir del cuento

 
Vivir del cuento
(imagen 1)

En la plaza central de cualquier pueblo andaluz —sobre todo hacia la costa del Sur— es fácil ver una larga fila ritual de hombres que toman el sol en los bancos de mampostería, bajo la sombra mínima de los naranjos de bola. ¿De qué viven esos hombres? El «Séneca» me lo puntualizó una vez por todas: «Viven del cuento.» Es una profesión etérea y gaseosa, pero que tiene peso de estadística, de casilla de padrón. Se sabe perfectamente que en tal pueblo hay «tantos» que viven del cuento. ¿Qué cuento es ese? Nadie lo sabe bien; pero debe de ser un enorme cuento mágico y optimista, lleno de gozosas perspectivas hacia Jauja, la Arcadia y demás países donde parece que la abundancia es mucha y nulo el humano esfuerzo. Porque el que «vive del cuento» vive fundamentalmente de la nada, de la imaginación… El «Séneca» creía haber descubierto la fundamental ley económica, y el pacto del pacífico turno que rige la fantástica profesión. Los vividores del cuento se parten en dos mitades. Cada día una mitad toma el sol y compra la mercancía, que, colgada al cuello en unas bandejitas, vende la otra mitad: altramuces, caramelos, botones de nácar, tortas de almendra… Al día siguiente cambia el turno y a los vendedores de ayer les toca comprar la mercancía de los que ayer fueron compradores. Así se obtiene una razonable circulación del mismo dinero.

Los límites y posibilidades del negocio están señalados por leyes consuetudinarias y sutiles, todas ellas promulgadas por la imaginación. Así, por ejemplo, el botón de nácar, suelto y en montón, no es considerado digno del negocio. Según la frase del «Séneca», morbosa e injustificada como una fantasía de Edgar Poe, el botón suelto «parece arrancado de la ropa de un difunto». En cambio, la docena de botones adherida en dos hileras a unos cartoncitos, toma cierto aire heráldico de blasón o de pechera de húsar, que justifica su inclusión entre las mercancías que ilustran negocio tan imaginativo y visual.

la docena de botones adherida en dos hileras a unos cartoncitos, toma cierto aire heráldico de blasón o de pechera de húsar (imagen 2)

Claro está que la profesión pura tiene una cierta extensión relajada que puede llegar hasta el que enseña los monumentos artísticos de la ciudad, atribuyendo a Murillo todos los cuadros, y a los moros, todos los castillos, y como máximo hasta el que se ofrece a ir por una regadera o un embudo para echar agua al automóvil que llega recalentado. Pero de ningún modo esa extensión puede alcanzar hasta los fríos extremos racionalistas que se han intentado en Madrid. Los que vendían en la Puerta del Sol goma para paraguas, o libritos con la Desesperación de Espronceda, fueron los últimos residuos cortesanos de los vividores del cuento. Jamás pueden ser incluidos en la clase los que buscan «taxis», oficio sin imaginación y que por el consumo de calorías que exige no justifica el no trabajar de peón de albañil. Menos todavía los que delante del automóvil que sale de entre otros dos, rozando las aletas, abanican suavemente el aire con la mano y diciendo: «Venga…, venga.» Y son ya vergüenza y descrédito del poético gremio los que, impávidos y silenciosos, abren y cierran las portezuelas de los automóviles. Esto es ya una forma laica de mendicidad que, en vez de pedir «por amor de Dios», finge un intercambio de remuneración y servicio. No es aconsejable esta sustitución de la teología por la sociología.


Los que vendían en la Puerta del Sol goma para paraguas, o libritos con la Desesperación de Espronceda, fueron los últimos residuos cortesanos de los vividores del cuento. (imagen 3)

Y lo peor de todo es que esta clase ya degenerada de vividores sin cuento es un pésimo foco de contagio social. Es peligroso enseñar impúdicamente, en medio de la calle, que se puede vivir abriendo y cerrando una puerta. La sociedad está llena de puertas y se les puede ocurrir a muchos procurarse la vida nada más que cerrándolas y abriéndolas. Por eso el «Séneca», después de circunscribir el auténtico «cuento» a ciertos elementos primarios e imaginativos de la sociedad, creía volver a encontrar el «cuento», si bien bastardeado e impuro, en las grandes alturas de la misma, convertido en finanza y especulación. Es el inmenso «cuento» nebuloso de los que, para hablar de un negocio que aún no saben cuál es, dicen: «Cenaremos mañana en el Palace»; de los que afirman  que van a hacer una película, porque saludaron un día a Amparito y tienen un amigo que posee cincuenta y dos mil pesetas y otro que es primo de un cuñado de uno que dice que podría gestionar un «préstamo sindical»; de los que aseguran que tienen una oficina porque han alquilado un cuarto y han puesto en él una mesa, un almanaque, papel timbrado y un lavabo; de los que se creen ya gerentes de una sociedad porque han construido una bonita fuga de bocales terminadas en S. A.; de los encargados de esas vagas «altas inspecciones» que siempre deben hacerse en mayo en Sevilla y en agosto en San Sebastián… En fin, residuos últimos y degenerados de los ingenuos cartoncitos con doce botones de nácar.

Para el «Séneca», la vida dura y real —campo, molino, artesanía y tienda— discurre entre dos grandes orillas de cuentos. Abajo, un cuento poético y etéreo de vendedores de nada, y arriba, el otro cuento brumoso y pesado de vendedores de todo. Y lo malo es, pienso yo, que de todo ese sobrante de tiempo, imaginación o pensamiento nacen las toxinas destructoras de la sociedad actual: las ideas generales. El que vive del campo no tiene ojos más que para ver si llueve o no llueve, y el que vive de hacer tinajas no habla más que de si se las compran o no. Pero al que vive de ese otro gran cuento vago, le queda tiempo para hablar de la libertad, el progreso, la crisis o el existencialismo. Es peligroso esto que hace la sociedad actual de dar cada fin de mes a una porción de señores un buen puñado de billetes, porque les queda todo el resto del mes para pensar cosas abstractas y generales que pueden ser peligrosísimas.


al que vive de ese otro gran cuento vago, le queda tiempo para hablar de la libertad, el progreso,
la crisis o el existencialismo. (imagen 4)

Y eso que el «Séneca» no alcanzaba a conocer el último gran «cuento» deformador y corrosivo del mundo de hoy, que es el superintelectual: ese que vive de decir, en brillantes paradojas, lo contrario de lo que dijo la víspera. Ese, también en torno de la nada, invita a cenar o almorzar «para hablar de cosas.» «Tremendas cosas», donde todo suele quedar vuelto al revés y puesto patas arriba. Alguno incluso es irónicamente sincero y añade lealmente a su invitación el programa corrosivo de la velada: «Le espero a las diez y media… Cenaremos con espárragos e ideas generales.»

el superintelectual vive de decir, en brillantes paradojas, lo contrario de lo que dijo la víspera e invita a cenar o almorzar «para hablar de cosas.» «Tremendas cosas». (imagen 5)


JOSÉ MARÍA PEMÁN
Signo y viento de la hora (1970)
Salvat Editores
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Imagen 1: tomada de la página Minube.com
Imagen 2: tomada de la página Rionegro.com.ar (
La mercería, un negocio de otro siglo que sobrevive a las modas)
Imagen 3: tomada de pinterest (Le colporteur École française, XVIIe siècle Huile sur toile Colportage = Cordel…)
Imagen 4: tomada de nuevatribuna.es (los charlatanes)
Imagen 5: tomada de wordpress.danieltubau.com (los charlatanes, según Plutarco)


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